Muy buena reflexión de Juan José Becerra aparecida en la última Inrockuptibles sobre la lucha de interéses generados alrededor de la nueva Ley de Medios.
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PATÉTICO
Con sus más y sus menos, el debate por la Ley de Medios puso al descubierto el discurso obsceno y a la vez patético de los grandes monopolios mediáticos. Ya sin sus ropitas, y como abrazados desnudos a un palo borracho, sus alaridos desesperados ya ni siquiera reparan en la más mínima lógica (¿del sentido?, ni hablar).
Por Juan José Beccerra
¿Qué tendrá de malo una ley buena? O para decirlo de un modo más técnico y no situar el asunto en una disputa de bloques morales, ¿por qué habría de ser peor un sistema de medios más abierto que el actual? A simple vista no se ve en qué consistiría el drama de esa apertura. No se ve pero se siente en la desesperación de ciertos actores que transfieren a sus usuarios las preocupaciones que les son propias. Por ejemplo, alguien –el oyente Z– va en su auto surcando las rutas en dirección al destino tradicional (el embotellamiento, el choque múltiple, la multa) y escuchando en una estación de Frecuencia Modulada una música cualquiera –la música que a Z le ponen, la que la industria de la música le infiltra como necesidad– y de repente la maravilla pop, un Juanes o una Nelly Furtado (si tiene suerte y no le toca un Pier) se interrumpe con la voz de preguerra de un locutor amargado que le dice a Z que ya no volverá a escucharla. Raro: con lo fácil que es escuchar cualquiera de esas músicas en cualquier radio. Pero eso no es todo. La voz del locutor (pero mucho más que su voz su sentimiento de alarma posmortem) sigue hablando al oído de Z y le dice que, además –pobre Z: está lloviendo sopa y él con su tenedorcito– se quedará sin Petti y sin Lalo, y que la mordaza de censura chavista se cernirá sobre la Libertad de Expresión, esa libertad que Z usa para elegir libremente, sin cepos estatales, la musiquita, el hit, todo ese ruido infernal que de golpe, y sin que Z sepa cómo, se convierte en su memoria personal.
La Ley de Medios parece haberse puesto el traje de Fin del Mundo o de Cuco. El locutor, que está en todo lados (en la radio que escucha Z, pero también en las señales de televisión, en la propaganda de fundaciones interesadas en el bien común que promueven, justo ahora, los Valores Democráticos), acompaña las voces de algunos periodistas venales que dan pena en aquello que es lo más penoso para la independencia periodística: la coincidencia plena del periodista con el empleador.
Si se oyera, al menos, la voz de un Yo hablando en nombre propio y no en el nombre –usurpado– de nuestra supuesta necesidad de lectores de diarios o televidentes; si quienes ven en el horizonte la incertidumbre personal (la que tendría cualquiera de nosotros en su situación) y la posibilidad de perder el trabajo, dijeran qué piensan de este asunto, las cosas estarían más claras, y hasta sería un alivio para ellos. Pero algunos, los presentadores de noticias, por ejemplo, o los periodistas de Clarín –muchos de ellos, muchos más de los que suponemos– no lo hacen porque no pueden, no porque no quieren. En cuanto a los que no quieren porque son más bien gerentes con firma –por lo general, las menos literarias–, ¿qué podemos decir? ¿Qué podríamos decir sobre Julio Blanck que no haya dicho él de sí mismo en su editorial contra el diputado Macaluse, de quien se burla con toda la violencia que parecen destilar las altas cumbres del Grupo contra los legisladores díscolos? ¿Cómo llamar a quien interpreta con semejante fidelidad, la fidelidad del imitador o el esclavo, ese sentimiento superior? ¿Y de los que dan la orden para ensuciar al socialismo santafesino, del que se insinúa por todos los medios del holding que sus legisladores cobraron para votar la Ley, cuando podemos estar seguros de que ese mandamás, porque es el mandamás de un diario, sabe muy bien que ese voto es totalmente natural para una fuerza política basada en el principio de equidad?
De Daniel Vila, del Canal América, quien se pasea con su rostro esculpido de suficiencia (presten atención a su aire de banana entrando en Mau Mau hace treinta años) por las señales de su propiedad, adornadas con un countdown indicado bajo el lema Cepo K (ay, qué risa: ¡qué chispa!) vale la pena que se recuerde El interior, de Martín Caparrós, el libro en el que se cuenta que los terrenos del barrio privado Dalmian, de la ciudad de Mendoza, fueron usurpados por el Grupo que este banana representa sobre 34 hectáreas de la Universidad Nacional de Cuyo, de las que los usurpadores VIP pretenden su propiedad por haber tenido su posesión de hecho durante veinte años en forma pacífica y continua, el mismo recurso con el que los indigentes se apropian, a la larga, del pequeño espacio sobre el que alzan a mano su rancho.
Pero las cosas no son tan redondas como parecen manifestarse en público a través de una lluvia de lugares comunes apocalípticos sobre la Ley de Medios, administrados por gerentes de noticias y editores generales como grupos de infantería que apuntan a un solo blanco (se defienden de la Ley de Medios atacando la corrupción kirchnerista, o asociándola con referencias marcianas que no tienen ninguna realidad pero que, dada la eficacia de la infantería, pega). Muchos periodistas de Clarín (aquí conocemos docenas), incluso varios de TN o de Canal 13, detestan por lo bajo la estrategia explosiva que suma violencia y delirio al interés corporativo, utilizando su mano de obra como escudos humanos. Se lo dijo en confianza un importante periodista-gerente de Clarín, paloma entre halcones, a un viejo amigo y gordo de la CGT (es un secretito que les cuento): “Esto está destruyendo el producto periodístico”. Y el gordo, mitad en broma y mitad en serio, como suelen hablar los peronistas frente a un horizonte común de desgracia y negocios, le contestó: “Ché, ¿y nosotros no podremos comprar Radio Mitre?”
El sistema de medios de los últimos años ha estado torciéndose pesadamente hacia la descompensación. En casa, en un hotel de Bahía Blanca, en el living de la tía Silvia Pagella en Pergamino (de paso aprovecho el paréntesis y le confirmo mi asistencia a su 60° aniversario, y le digo que esta mención es mi regalo), en un bar de Palermo, en la radio del auto, en la sala de espera del pediatra, en el Aeropuerto de Mendoza y en mil lugares más (allí donde vayamos), es muy probable que tengamos a nuestra engañosa disposición –en realidad estamos a disposición de ellos– los mismos contenidos distribuidos por una infinidad de canales cuya sistematización produce al menos dos efectos simultáneos ya naturalizados en nosotros, pero de ninguna manera naturales: nos insufla una cultura y un gusto que muchas veces, aunque sepamos que es una composición de mercado, se presenta como nacional o como “lo nuestro” (y que va del fútbol a la literatura, y del cine a la economía, pasando por todos los asuntos públicos que ya vienen pensados para nosotros), y nos cautiva como contribuyentes de un discurso que parece que se dispersa y se ablanda pero al final –hoy– se apoya en un solo punto: la continuidad de un negocio plagado de ventajas obsequiadas por el Estado ¿No es demasiado?
Por lo que esta Ley de Medios, o cualquier otra más o menos pasable, no actúa contra Clarín sino que, sencillamente, no podría dar un solo paso sin afectarlo dado el volúmen sideral de lo que llamamos El Grupo y que, para ser justos, no es uno solo sino varios. En cualquier dirección que se mueva una legislación sobre el rubro encontrará aquí y allá alguna rama que podar. ¿Y si no qué? Si no, sigamos como estamos. Hay teóricos de ese suspenso. Dicen que si se pudo aguantar hasta ahora con ese decreto fascista lleno de parches liberales (siempre de tipo comercial) por qué no hacer que el mal dure cien años. Se lo dijo –no a la cara sino de tres cuartos de perfil– el ex interventor del COMFER, Julio Bárbaro, a la periodista crooner Nancy Pazos, ambos sentados en el Sillón Pro Tortícolis que la producción de su programa dispone, suponemos, a cambio de una PNT de atención kinesiológica: “No es del todo una ley de la dictadura porque tiene doscientas enmiendas de la democracia”. Pregunta Odol en el aire: ¿a favor de quiénes?
Y en esta discusión, la verdad, la presidenta Cristina Kirchner y su asesor-mentor con cama adentro no nos importan. Son de palo porque la Ley se vota sola. La refriega de elefantes Gobierno-Clarín tiene menos importancia de la que los dos quisieran, y si el pacto Clarín-Gobierno se hubiese prolongado un par de añitos más, ahora estaríamos hablando de otra cosa. Pero el pacto se rompió, y roto el pacto llegó el momento en que la política parece que ¡al fin! no se deja dominar por una corporación de contenidos y transmisión de esos contenidos. Porque una cosa es controlar y criticar a los gobiernos, cosa que hay que hacer a fondo (pero desinteresadamente, es decir: siempre) y otra, muy diferente, humillante para cualquier adminstración del Estado (o como les gusta decir a los suizólogos: para cualquier país normal), es directamente dominarlo desde el control remoto de la Baticueva. //
© Juan José Beccerra
Escrito por F.- a la hora: 9:56
Etiquetas: Canal 13, Clarín, Inrockuptibles, Ley de Medios, TN
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