La lluvia, al fin, sobre Buenos Aires.
Y ahora son las horas grises que lloran sus minutos sobre la esperanza de los invisibles, sobre las broncas que amontono en el mismo rincón, los mismos nombres, las mismas manos vacías. Las horas grises que van mojando la biblioteca desde la que miro los rostros y los huecos y las formas de la realidad.
Busco en las letras alguna palabra con la que pueda tapar este agujero pequeño en el centro mismo de mis emociones y desde el que gotea un líquido espeso y oscuro, pesado, constante, previsible, cuyo agrio y persistente perfume va dejando una estela, como humo, como constelación, como los segundos perdidos de una Vida desperdiciada. Busco alguna palabra, y no la encuentro.
Sólo dos sonidos claros.
Sólo algunas imágenes nítidas.
Sólo una mirada.
Nada que pueda tocar, nada que pueda abrazar. Y aún así, me queman y cauterizan mi herida de lluvia.
Ayer y mañana se mojan, como papel de diario. Hoy es un relámpago que ciega el deseo y anuncia que la siguiente hora estará llena de ausencia, llena del óxido que se forma en la espera.
Heme aquí, escurriendo mi soledad, bebiendo del llanto de la ciudad, y de la sangre de sus venas llenas de gente sola y vacía y olvidada.
Nadie que pueda tocar, nadie que pueda abrazar.
La lluvia, al fin, sobre Buenos Aires.
Si ella pudiera lavar nuestros dolores…









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