El día del Amigo pasó y no es que no me interesara saludar a mis amigos, pero, pensando en los años, cada vez con más frecuencia, con sensaciones cada vez más opacas, se me hacen difícil las celebraciones de este tipo. Y entonces, no llamo a nadie en este día para saludar. Y voy descartando festejos: Navidad, Pascuas, Día de los Enamorados, Día de la Independencia, Día del Amigo…
Algunos porque son fiestas religiosas y yo soy ateo. Sumarme y aprovechar una fecha que no significa nada para mí me parece un poco hipócrita. En cuanto al día del Amigo y demás, es cada vez más evidente que se ha construido una cultura del comercio alrededor de ello y ese tufillo me hace tomar distancia.
Adicionalmente, desde hace tiempo, y siento que es aún mayor ahora, mis emociones se han rebelado a tener un día al año para expresarse. Parece que uno saluda a los amigos sólo el 20 de julio, o que debe celebrar a su pareja el 14 de febrero. Sí, alguien dirá: “la fecha es una excusa”, y yo diré: “Ok. Cualquier otra fecha puede ser una excusa”. ¿Por qué no celebrar a los amigos dos veces al mes? O mejor, todos los días.
Pensaba en lo ridículo de la siguiente situación: Una catástrofe ocurre el 19 de julio, algo como la voladura de las Torres Gemelas, y, por casualidad, muchos de nuestros amigos estaban allí y desaparecen. El 20 de julio podemos perdernos todos nuestras palabras de cariño en el culo.
No hay que esperar, mucho menos desear, que ocurra una barbaridad semejante. Lo que digo es que uno tiene que estar agradecido de sus amigos todos los días. De sus amigos, de su familia, de su pareja, de sus hijos. En la medida de lo posible, estar al día con lo que uno siente por cada uno de ellos. Entre otras particularidades, la muerte tiene un increíble sentido de la inoportunidad. ¿Cuántas veces llega la muy hija de puta cuando menos la esperan? Y si ha de venir a tocarnos, mejor estar al día con nuestros sentimientos.
Después anda la gente penando, con todas las palabras que hubiera querido decirle a alguien pudriéndose dentro, desbordando vacío. Silencio con olor a confianza rota. Lágrimas de impotencia y malestar.
“Si le hubiera podido decir…”
Prefiero pensar en el 20 de julio como el día en que la humanidad superó sus propios límites y pisó la Luna. En medio de unas tremendas circunstancias histórico-políticas, contra todo pronóstico y con más dudas que certezas, el hombre sorteó la barrera de la atmósfera, cruzó el mar espacial que nos separa de nuestro satélite y alunizó, allá, en el Mar de la Tranquilidad, esa cuenca desolada que los primeros astrónomos creían que era, efectivamente, un mar.
Seis veces estuvieron los hombres en la Luna.
Ahora parece que no fuera tan importante.
Si uno pudiera ver a nuestra humanidad en el contexto del Universo, tan infinítamente pequeña, una gotita microscópica en el océano del espacio, si pudiéramos comprender lo increíblemente única que es nuestra especie, haciendo estas cosas, digo, salir del planeta, explorar el sistema solar, como un niño cuando empieza a caminar y a tratar de comprender el ambiente que lo rodea, tal vez podríamos comprendernos un poco más como personas que simplemente nacen, viven y mueren y en ese proceso hacen y experimentan algunas de las cosas más maravillosas: piensa, se proyecta, se enamora, crea arte, crea Vida.
Y así andamos, como humanidad, creídos que los demás sufren problemas que nosotros no. Cuando muere un niño, de los miles que mueren diariamente en África, en nuestra cuna, no es un niño africano que muere, es un ser humano menos que se nos muere como humanidad.
Una aberración y una vergúenza como humanos, como especie, poder viajar al espacio, estudiar la materia prima de la Vida, desarrollar maravillas tecnológicas y no poder terminar con el hambre y las enfermedades del hambre y la miseria.
Homo sum, humani nihil a me alienum puto.
No es secreto para nadie que estoy enamorado de mi especie. Amo a la humanidad, con todas sus virtudes y con todos sus defectos. Eso me hace sufrir muchísimo, claro. También me hace sentir en parte responsable por todo lo que hacemos y dejamos de hacer. Más llevadero sería cerrarse a un pequeño grupo y creer que lo demás no le pasa a uno. Pero entonces estaría negándome a lo que soy, un ser humano, miembro de una especie animal maravillosa que tiene la capacidad para poder hacer cosas inimaginables, en el buen y en el mal sentido.
A mis amigos:
Los amo mucho, siempre he contado con ustedes y ustedes conmigo, incondicionalmente.
Sin importar el día.








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